|
Casos Resueltos en la Clínica de Nutrición
Los Altos
Rachel tenía tres años
y un historial médico sin anomalías. Rechazaba
cualquier alimento y sólo bebía pequeñas
cantidades de Pediasure. Después de cinco semanas
en la Clínica de Nutrición Los Altos,
consumía más de 20 alimentos diferentes
e ingería la cantidad de alimentos sólidos
y líquidos recomendada por su nutricionista.
Además, ya es capaz de comer ella sola.
Mark
era un niño de nueve meses con fallo
de medro. Padecía reflujo grave, vómitos
y un comportamiento muy arraigado de rechazo a la comida.
Antes de acudir a la Clínica de Nutrición
Los Altos se había recomendado la intubación
G. Después de seis semanas, dejó de mostrar
rechazo a la comida e ingería cerca de 230 gramos
de alimento en cada comida, que tenía una duración
media de 15 minutos. No volvió a necesitar sonda
G.
Leon
tenía 19 meses y fallo de medro. Se
le diagnosticó el síndrome de Kabuki,
reflujo, vómitos, riesgo de aspiración
y rechazo grave de los alimentos. Después de
una semana y media, ingería sin peligro 170 gramos
de alimento, tres veces al día, y había
ganado 200 gramos durante ese periodo.
Michael
era un niño de tres años con
un historial médico sin problemas destacables.
Sólo comía pequeñas cantidades
de galleta y yogur. Tras cuatro semanas en la Clínica
de Nutrición Los Altos, ya se alimentaba él
solo con una dieta equilibrada que incluía más
de 20 alimentos diferentes. Tres meses después,
comenzó a aceptar texturas más gruesas,
y ahora come sándwiches de pavo, pizza y verduras,
entre otros.
Sarah
era una niña de dos años a la
que se le había colocado una sonda G y que solo
recibía el 40% de sus necesidades calóricas
por vía oral. Dependía del biberón
para comer y padecía un reflujo grave. Después
de cuatro semanas en la Clínica de Nutrición
Los Altos, admitía ya el 100% de sus necesidades
alimenticias por vía oral.
James
tenía cuatro años y se le había
diagnosticado reflujo, deleción del cromosoma
22Q11, síndrome velocardiofacial, rechazo por
vía oral y problemas de integración sensorial.
A las 3 semanas de edad, se le sometió a una
funduplicatura de Nissen y se le introdujo una sonda
G. A los 5 meses, tuvo que corregírsele el defecto
de los tabiques ventricular y auricular. A los 11 meses,
se le realizó un estudio modificado de deglución
de bario que indicó que ya no existía
riesgo de aspiración. A los 18 meses se le colocaron
tubos timpánicos. En los últimos tres
años, fue sometido a diversas terapias con anterioridad
a su ingreso en la Clínica de Nutrición
Los Altos, cuando todavía era dependiente al
100% de la sonda G. A las dos semanas de tratamiento,
James ingería por vía oral más
de 200 gramos de comida y 170 de líquido, y a
partir de ese momento no necesitó la sonda nunca
más. Durante las cuatro semanas siguientes, ganó
casi dos kilogramos de peso. Tres meses después
de concluir el tratamiento en la clínica, el
estoma de James había se había cerrado
totalmente.
Shannon
era una niña de 4 años, dependiente
de la sonda G desde el nacimiento. Su historial médico
incluía el síndrome de intestino corto
y una enfermedad pulmonar crónica. Antes de empezar
el tratamiento, Shannon tomaba sólo un máximo
de dos cucharadas en cada comida. Tras cuatro semanas
de tratamiento, Shannon recibía todas sus necesidades
calóricas por vía oral.
Mark
tenía 18 meses cuando se le diagnosticó
fallo de medro. Llevaba sonda NG y su médico
recomendaba una sonda G. Sólo digería
pequeñas cantidades de alimento por medio de
una jeringuilla, mostraba cierto comportamiento de rechazo,
problemas de vómitos y reflujo. Tras una semana
de tratamiento intensivo, Mark no volvió a necesitar
la sonda NG y su rechazo a la comida había disminuido
notablemente. Se enseñó también
a sus padres y cuidadores a alimentarle según
el protocolo desarrollado para él en la Clínica
de Nutrición Los Altos.
|